
EXPERIENCIA MISIONERA HONDURAS 2010
“Dios te pide los frutos del Evangelio y no los aplausos del mundo”.
Esta frase la encontré colgada en las dependencias de la pastoral de salud en la Parroquia San Vicente de Paul en San Pedro Sula mi primer día en Honduras. Y durante el mes y medio que compartí la Misión en esas tierras me fue acompañando en el día a día.
Dios me regaló este destino para hacerme lo más fácil posible mi primera experiencia ad-gentes. Me regaló una comunidad de misioneros que son ejemplo de entrega, vida, compromiso, sencillez y acompañamiento. Me puso en el camino a otros que, como yo, trabajan por su gente y por su tierra con las dificultades que no tenemos en nuestro país. Me puso en sus manos a niños, jóvenes y adultos que llenaron gota a gota el enorme recipiente de vida, fe y misión con el que he vuelto cargado.
Honduras ha sido un regalo, una experiencia de Dios que sólo al vivirla podréis disfrutarla en su esplendor. Allí he conocido los distintos proyectos en los que la comunidad permanente de misioneros laicos de JMV trabajan. La labor en la que están inmersos los Paúles desde hace un centenar de años, así como algunos proyectos de otros misioneros que, siendo distintos, yo les he sentido iguales.
En mis días en Honduras formé parte, sobre todo, de tres de esos proyectos: en la pastoral juvenil de la Parroquia, en el albergue Federico Ozanam en el que se trabaja con enfermos alcohólicos y en las dos escuelas agrícolas del Merendón: en la aldea del Perú y en Suyapita, donde aprendí más que enseñé y donde gané una familia.
Allí he sido feliz como pocas veces en mi vida. Porque, como San Vicente, vi a Dios en el necesitado. Porque conocí la labor de los misioneros permanentes in situ, porque compartí mi fe con la gente de San Pedro. Y porque allá donde vaya podré decir con fuerza que soy Misionero.
Jesús Ballesteros
Prov. de Granada
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