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Jueves de la vigésima octava semana del tiempo ordinario

 

EXPERIENCIAS DE LOS ENVIADOS A BOLIVIA 2015

   Ver Artículo en Revista JMV

 

 

 

“Vos sois el Dios de los pobres,
el Dios humano y sencillo,
el Dios que suda en la calle,
el Dios de rostro curtido”.
 
Me es francamente complicado poder compartir en unas pocas líneas la inmensa experiencia de Dios que he vivido en tierra de misión. Pero después de lo pasado, sé que todo es posible.
 
En primer lugar me presento, para quien no me conozca. Me llamo Laura, soy de Madrid, de la Parroquia San Matías, y después de dos años asistiendo al curso de formación misionera que ofrece nuestra Asociación, decidí dar respuesta a la llamada que sentía desde hacía tanto tiempo.
 
He sido enviada por JMV a la Comunidad Laica Misionera de Sacaba, en Cochabamba, Bolivia. Esta comunidad lleva a cabo 6 proyectos diferentes, que forman parte de la pastoral parroquial de allí: el Centro Sigamos (discapacidad intelectual y física), Imaynalla Kasanki (menores), Maquiswan Songowan Ruaska (artesanía), Centro San Pedro (guardería), Centro de Atención a la Mujer (para mujeres víctimas de maltrato) y el Penal. Doy gracias infinitas a Dios por la Comunidad de allí, por Germán, Delmy, Ana Ruth, Daniel, Ángela y Juanlu.
 
Yo he trabajado en el Centro Sigamos, en el Imaynalla Kasanki y en el Penal. Os cuento un poco, a grandes rasgos, en lo que consiste cada uno. El primero, el Centro Sigamos, trabaja con menores con discapacidad intelectual y física agregada, cuyos recursos son mínimos, su situación familiar es muy complicada y, por la sociedad de allí, tienen pocas probabilidades de salir adelante. Algunos de sus objetivos son la enseñanza de las actividades de la vida diaria, la mejora en la destreza de sus movimientos y la inserción laboral, entre otros. El segundo, Imaynalla Kasanki (que en Quechua significa, “¿cómo estás?”), es un proyecto de apoyo escolar a menores que se lleva a cabo durante todo el día. Su principal objetivo es evitar la entrada de los niños en el mundo de la delincuencia, drogadicción, prostitución, etc. que, por sus condicionantes sociales o familiares, presentan mayor riesgo de caer. Y el tercero, el Penal, tiene como principal objetivo la reinserción en la sociedad de las personas que están allí mediante la realización de cursos, actividades o grupos, entre otras muchas cosas.
 
Me han pedido que enseñe canciones infantiles, expresión corporal, a tocar la guitarra, juegos nuevos… He hecho manillas (pulseras que les decimos aquí), tarjetas navideñas, manualidades de todo tipo… He bailado danzas típicas de aquí y de allá, jugado al gato y al ratón, al escondite inglés… He enseñado matemáticas, lengua, geografía (boliviana, claro), habilidades sociales… He hecho títeres, he montado carpas, he hecho muchos carteles, me han vestido de cholita… He cocinado, trapeado (fregar el suelo), limpiado, peinado… pero eso no es nada.
 
Porque he abrazado y me han abrazado mucho más. He hecho sonreír y reír, y me han hecho sonreír y reír aún más. Me han contado sus penas, sus preocupaciones y he sufrido con ellos. Me han compartido sus alegrías y sus logros, y me han hecho sentir su felicidad más absoluta, siendo feliz con ellos. Me han mostrado su realidad, sus dificultades diarias, sus lágrimas, su historia de vida… y se han quedado con mi corazón y con mi alma.
 
He aprendido lo que es la sencillez, la humildad, la fuerza de voluntad, la lucha, la entrega, la alegría, la pena, el dolor, la miseria, la injusticia y la justicia…
 
En definitiva, me han mostrado el Rostro de Dios, su confianza plena en Él. No hay más. Ellos esperan en el Señor, descansan en el Señor. ¡Cuánto tenemos nosotros que aprender!
 
Ha sido una de las vivencias de encuentro con Dios más grande que haya podido tener. He tenido un cúmulo de emociones diarias maravillosas... He sentido mucha rabia, me he enfadado muchas veces, he sentido una gran impotencia… pero he sentido mucho amor y mucha felicidad. Y eso cambia todo lo demás.
 
Todos nosotros, por nuestro carisma vicenciano,  por nuestro compromiso con la sociedad, hemos sentido un fuego muy molesto por dentro cuando escuchamos las injusticias que se cometen, las realidades de pobreza que, aunque nos parezcan lejanas, os aseguro que no lo están tanto; cuando vemos que todo lo que nos rodea va más para atrás que para adelante. Apagad ese fuego, dad respuesta a esa llamada. No tengáis miedo de luchar por lo que realmente creéis. Hay muchas formas de darlo todo desde uno mismo, simplemente hay que querer. El poder, una vez firme en tu respuesta, sale solo.
 
Gracias a Dios que es muy pesado y no se cansa de llamar. Os espero en la Formación Misionera. Unidos en la Misión.-
 
 

Laura Rubio (Prov. Santa Luisa), enviada a Bolivia en 2015

 


 
 
 
 
A una semana de mi vuelta a casa, de reencuentros, de acomodación a lo que antes tenía acá... me acuerdo de las palabras de Germán, miembro de la Comunidad Laica Misionera de Sacaba (Bolivia) en el aeropuerto: “Tendréis que contar a todos lo vivido, decidles que somos felices” y así cada día, al responder a la pregunta: ‘¿qué tal por Bolivia?’, detrás de una sonrisa, siempre contesto: “Yo también fui feliz”. 
 
Cuando hablo entusiasmada del CAM (Centro de Atención a la Mujer) y del trabajo que gracias a ustedes me tocó hacer, hay gente que no entiende que  termine diciendo: “Fue muy bonito”. ¿Cómo puede  parecerme bonito un proyecto de maltrato a la mujer, un proceso de denuncias, de indignaciones, de lucha y de sufrimiento? Pero el equipo de allá, sus educadoras, sus mujeres, sus niños… hicieron que para mí fuera una experiencia increíble, que cada día tuviera ganas de encontrarme con ellos de nuevo, que me plantease nuevos retos. Me enseñaron la fuerza que transmite un abrazo, la importancia de que unos ojos vuelvan a brillar de nuevo, el valor de la vida y el miedo a tantos vacíos por los que pasan estas mujeres. Y así, cada día fui dando gracias a Dios por encajarme en un proyecto que jamás creí que encajaría, porque me podría ver en otros (San Pedro, Imaynalla, Sigamos…) pero me sentía pequeña para un proyecto tan grande como fue para mí el CAM.
 
Cuando pedí mi envío tenía la seguridad de ir por el camino que Dios quería para mí, no estaba segura de a dónde iba, de qué me iba a encontrar, ni siquiera me informé de cómo sería la sociedad, eso me hacía sentirme aún más segura en ese soplo del Espíritu Santo que de nuevo me llevaba a Tierra de Misión. Ahora sé que es lo que ambos queríamos en mi vida, introducirme en otra cultura, adaptarme a otras costumbres, aprender nuevas formas, nuevas palabras, ser flexible en lo vivido y hacer especial lo cotidiano ha sido un regalo que he podido cumplir de la mano de la gente que en estos casi dos meses ha caminado a mi lado. Cada día tengo presente cómo vivís, las carencias de una sociedad sin agua corriente pero que me ha enseñado a compartir todo lo que tengo, que me ha sorprendido con su capacidad de acogida, que me ha hecho sentir en Comunidad y en Comunión dentro y fuera de casa.
 
Aprovecho además para daros las gracias por tantas cosas que este maldito nudo en la garganta nunca me dejó deciros. Gracias por entregar vuestra vida al Dios de los pobres, por seguir luchando en medio de tanta injusticia, por llevar una pizca de luz a corazones que ya estaban casi apagados, por acompañar vidas, por enseñarme a creer, por dar sentido a la Palabra, por cumplir sueños, por lograr objetivos, por hacer malabares para que muchos proyectos funcionen… porque, por todo esto, sois referentes en mi vida de entrega, de humildad y sobre todo de Amor.
 
En estos días son muchos los recuerdos que se me vienen continuamente a la mente: imágenes, pensamientos, miradas, incluso las voces de los más pequeños cuando me recibían cada mañana gritando: “¡Tía Anita!”.
 
Es difícil explicar a qué sabe la quinua o el lagua de choclo pero no menos difícil es explicar cómo me sentí al escuchar la historia de Doña Verónica o al recibir tantas cosas de Doña Eva… Cada una de ellas fue especial y en su rostro yo también pude experimentar el encuentro personal con Dios, un Dios que no institucionaliza las situaciones sino que vive cada momento desde la implicación, que hace tuya cada vida, cada fracaso pero también cada éxito. Y así solo puedo dar las gracias porque creo en la Misión como un estilo de vida, porque creo en la familia que no es sólo de sangre, porque es de locos que haya tenido que ir hasta Bolivia para encontrar la cordura de mi vida, la ruptura con tantos prejuicios, y la entrega de uno tal y como es.
 
No sé si yo he llegado a hacer mucho allá, quienes cocinasteis conmigo sabéis que no era mi arte, tampoco sabía de leyes, de historia… pero el amor es creativo hasta el infinito, ¿no? y me he intentado dar en cada momento de forma infinitamente creativa. No sé explicar aquello de que “en Misión recibes mucho más de lo que das”… Suena típico y si bien es cierto que en cualquier experiencia de servicio he tenido la sensación de que esto era realmente así, Bolivia me ha servido una vez más y de forma radical para entender la grandeza de cada detalle, y a mí me ha hecho pequeñita al lado de gente tan grande. Mi misión no consistía en un activismo, no fue necesario memorizar en esos meses la ley nº 348, ni tuve que tirar ninguna puerta abajo para rescatar a ninguna mujer en situación de violencia… Se trataba de estar, de acompañar, de compartir, a veces de escuchar, otras simplemente de mirar, de acariciar, de sonreír, de hacer transmitir a cada una de ellas que te importan y que eres realmente feliz haciendo lo que haces allá porque para Dios y para el mundo ellas son lo más bonito de Bolivia aunque a veces no lo sepan.
 

Ana Vicente (Prov. San Vicente), enviada a Bolivia en 2015

 


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